Por Richard García
Santo Domingo.- El reciente informe de las Naciones Unidas —liderado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la FAO— ha dejado un diagnóstico tan claro como incómodo: el planeta camina a paso firme, pero peligrosamente lento, en su intento por sanar sus heridas ecológicas.
Con la meta de 2030 respirándonos en la nuca, la exigencia de triplicar los esfuerzos de restauración ya no responde a un eslogan ecologista bienintencionado, sino a una fría ecuación de supervivencia económica y climática.
Entre la ambición y el rezago
Hagamos cuentas. La gran meta global, impulsada por el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal y el Decenio sobre la Restauración de los Ecosistemas, consiste en recuperar al menos 1.000 millones de hectáreas degradadas (el equivalente al 30% de los ecosistemas del planeta) para el final de esta década. A la fecha, los datos oficiales indican que se han alcanzado unas 252 millones de hectáreas restauradas.
A simple vista, superar los 250 millones es un logro considerable que demuestra que la maquinaria verde se mueve, impulsada fuertemente por iniciativas en regiones como Asia y África. Sin embargo, representa apenas un 25% de la meta. El verdadero foco rojo no está solo en la superficie terrestre, sino en el abandono sistemático de nuestros recursos hídricos: los ecosistemas de agua dulce y los entornos marinos siguen profundamente rezagados, con apenas una fracción minúscula de hectáreas bajo procesos reales de recuperación, mientras los humedales del mundo continúan desapareciendo a un ritmo alarmante.
El gran elefante en la habitación: la financiación
¿Por qué no avanzamos más rápido? La respuesta, como casi siempre, se esconde en los presupuestos. En 2022, el mundo destinó unos 64.000 millones de dólares a la restauración ambiental. Suena a una cifra estratosférica, pero palidece frente a la realidad: la ONU calcula que se necesitan 296.000 millones de dólares anuales de aquí a 2030 para cumplir el objetivo. Es decir, necesitamos multiplicar por más de cuatro la inversión actual.
Seguir destinando fondos públicos y privados —que hoy dependen en un abrumador 73% de arcas estatales— a subsidiar actividades que degradan el suelo y contaminan el agua, mientras se escatima en la cura del planeta, es un absurdo económico.
Los economistas ambientales del PNUMA lo han dicho con letras mayúsculas: cada dólar invertido en restaurar la naturaleza genera hasta 30 dólares en beneficios económicos a través de la seguridad alimentaria, la disponibilidad de agua y la captura de carbono. La restauración no es caridad ambiental; es la inversión más rentable que una sociedad puede hacer.
Más allá de los árboles: gobernanza y realismo
Un error histórico de las políticas ecológicas ha sido apostar por la «reforestación de escaparate»—proyectos aislados de plantación de árboles sin ton ni son— que ignoran las dinámicas sociales locales. El informe de la ONU acierta al subrayar que la recuperación a gran escala exige algo más que dinero: políticas sostenidas en el tiempo y un protagonismo absoluto de las comunidades locales y los pueblos indígenas, quienes históricamente han demostrado ser los mejores guardianes de la biodiversidad.
Asimismo, existe una alarmante crisis de datos: una gran parte de los países ni siquiera cuenta con sistemas de medición transparentes para reportar sus avances. Lo que no se mide, no se gestiona; y lo que no se gestiona, se pierde.
Mirando al abismo: 2030 ya no es el futuro lejano; es la línea de meta. La llamada de la ONU a triplicar los esfuerzos es una advertencia de que las buenas intenciones diplomáticas se están quedando cortas ante la velocidad del colapso ecológico. Si los gobiernos y los mercados financieros globales no entienden que la salud de los bosques, ríos y océanos es el soporte invisible de la economía global, el 2030 no marcará el triunfo de la restauración, sino el costo de nuestra propia negligencia.
RG.





